ramon j sender la aventura equinoccial de lope de aguirre

En 1559, en el momento en que en tierras de Perú se proclamaba la expedición de Ursua al Dorado, ciertos se preguntaban quién era Ursua por haber logrado del rey que le concediera aquella compañía. Era Ursua un capitán nativo de 1525 en Arizcun (Navarra), en el llamado valle del Baztán y no lejos de Pamplona. Tenía una alta iniciativa de sí que procuraba llevar a cabo comunicar a el resto. Ciertos lo detestaban por la persistencia que ponía en esa labor. De talla algo mucho más que media, bien traído, algo adusto y altivo, tuvo adversidades en esos territorios de Indias. Cerca de Quito, en la provincia de los indios llamados chitareros, descubrió una mina de oro. Después, en tierras de la presente Colombia, creó Pamplona y Tudela, redujo a los indios musos y despertó semejantes envidias en otros capitanes que una noche, por instigación de su enemigo Montalvo de Lugo, le quemaron la vivienda y va tener que saltar desvisto por una ventana. Era, ya que, uno de esos hombres de presencia provocadora que provocan antagonismos. Siendo justicia mayor de Santa Marta ofendió a ciertos patricios de la colonia que le sacaron ese cargo y llegó a verse puesto en compromiso por el hecho de que 2 contrincantes suyos, entre ellos el capitán Luis Lancheros, lograron órdenes de prisión contra él, si bien no llegaron a su empleo . Ursúa encaraba las adversidades con valentía y insolencia, pero no en todos los casos sabía salir. Viéndose un día en un mal trago que podía saber su ruina, asistió al virrey marqués de Cañete, quien, para probarlo, le encargó la reducción de los negros rebelados en Panamá. Estos eran varios y fuertes y habían llegado a constituir una grave amenaza. Con fuerzas inferiores les venció y atrapó al rey negro Bayamo, al que llevó a Lima a collera. Fue entonces en el momento en que el virrey entendió que Ursua era alguien y le dio la compañía del Dorado. Sus contrincantes se callaron por ahora. En medio de una juventud —no tendría mucho más de treinta y cinco años— se encontraba Ursúa fundado ciudades, conquistado naciones indias y recientemente sometido a los negros cimarrones. Era un óptimo capitán con un futuro por enfrente y su estrella lucía. Quienes le intentaban cerca lo acusaban solo de tener un concepto excesiva de sí. «Se cree de origen divino», afirmaba algún oficial envidioso. Y el padre Henao, su amigo, respondía: «¿Por qué razón no? Todos y cada uno de los hombres lo somos». Ursúa comenzó a concentrar a su gente en la provincia de Los Motilones, en Santa Cruz, en el norte de Perú, tierra áspera y montañosa. Le llamaban de los Motilones pues se encontraba habitada por una casta de indios que llevaban la cabeza afeitada. Al comienzo asistieron a su llamada gentes de todo género, entre ellos sujetos malfamados, perseguidos y reales criminales, por el hecho de que el virrey marqués de Cañete había brindado amnistía a quienes se alistaron. Para compensar aquello Ursúa deseó captar ciertos capitanes nobles y escribió a don Martín de Guzmán, ofreciéndole el puesto de jefe de operaciones militares, esto es, de profesor de campo. Le afirmaba entre otras muchas cosas: «Le suplico que de su parte y la mía suplique a todos y cada uno de los caballeros que conozca y estén sin trabajo o con trabajo inferior a sus merecimientos que vengan a esta día, que en buena compañerismo vamos a ir todos y sea la nuestra fortuna próspera o desfavorable procuraré servirles aquí y también reportar de sus méritos en Castilla en oposición al rey». Don Martín aceptó y entregó tres mil pesos a Ursúa para costos de la expedición, que le hacían buena falta. En el momento en que fue Guzmán en Santa Cruz pareció desilusionarse un tanto observando a la clase de gente que se había alistado. Había entregado los tres mil pesos en espera de provecho, puesto que aquellas expediciones, aparte de ser aventuras bélicas, eran compañías comerciales. Que el cortés y el intrépido no sacaban a la práctica. Uno de los más importantes caballeros de Lima, llamado Pedro de Añasco, escribió a Ursúa diciéndole que había conocido que deseaba llevar a la expedición a su apasionado la señora Inés de Atienza, viuda de un vecino de Perú, y le recomendaba que no lo hiciese. De ahí que le recordaba los versos del romance del conde Irlos: Caballero que va en armas de hembras no debe sanar… La existencia de doña Inés —afirmaba— sería causa de vicisitudes. Le suplicaba que le diese permiso para llevar a cabo una prudente administración tal es así que doña Inés accediese a quedarse en Trujillo sin que supiese que era deseo de su amado separarse. Ursúa respondió a todos y cada uno de los puntos de la carta, pero no ha dicho nada de la señora Inés y por contra se quedó pensando: ¿quién autoriza a Añasco a intervenir en mi vida privada? En otra carta Añasco asimismo le afirmaba que cuidara bastante de ciertos individuos que llevaba a su armada y que prescindiera, «en tanto que por diez hombres aproximadamente no dejará de salir adelante en su día». Le daba los nombres de los soldados que consideraba peligrosos, entre ellos Lope de Aguirre, Zalduendo y La Bandera. Pero Ursúa no echó de su campamento sino más bien a un soldado que no era ninguno de esos tres y solo por un delito rápido de indisciplina. Ursua creía que no se hace la guerra con santurrones y a veces lo malo en el momento de la realidad es lo destacado. Nuestro virrey escribió a Ursúa recomendándole asimismo que echase por lo menos La Bandera, Zalduendo, Lope de Aguirre, el mulado Miranda y 2 o tres mucho más. No salió ninguno del campamento pues Ursúa confiaba en su astucia y supervisión. Don Martín Guzmán, nombrado general de campo, le aconsejó asimismo que hiciese una limpia, y habiéndose negado Ursúa, don Martín meditó las cosas de a poco y al fin decidió retirarse. No obstante, no demandó el dinero a Ursua, a sabiendas de que su amigo se encontraba en enormes pretensiones, y se quedó ciertas semanas mucho más para contribuir a Ursua a ordenar la intendencia. Entre los soldados sospechosos era, como vimos, Lope de Aguirre, que acostumbraba a rodearse de aventureros con historias de sangre, entre ellos un tal Llamoso y otro Bovedo y Figueroa y el mulado Miranda asimismo mencionado y otras malas piezas, negras o blancos. Pero Aguirre era un tanto mucho más —considerablemente más— que un pícaro. Los zorrillos eran los primeros que lo sabían. Eran ahora trescientos entre aquéllos que se habían concentrado en Santa Cruz, de los que ciertos partieron por las riberas del río, que estaban veinte leguas mucho más abajo, a fin de crear los bergantines de la expedición. Entre ellos estaban aserraderos, carpinteros y calafados, ebanistas de ribera, tallistas de arboladura y peones para la corta de árboles, estos últimos prácticamente todos negros. Llevaban, como puede suponerse, herramientas al caso y hierro para crear clavos y grapas. Asimismo materiales para efectuar brea. Para esta última contaban además de esto con las resinas naturales del bosque. El profesor de oficiales que dirigía la construcción de bergantines se llamaba Juan Ciervo. Mientras que unos trabajaban otros les vengaban y oxejaban para evitar que el calor y los mosquitos acabaran con ellos. El pueblo de Santa Cruz, cuyo nombre terminado era Santa Cruz de Capocoba, lo regía su principal creador y alcalde Pedro Ramiro por delegación del virrey. Era Ramiro noble y valeroso, con experiencia en aquellas tierras y tan serio que en ocasiones su responsabilidad era broma. El gobernador le nombró teniente general, que era el cargo mucho más respetable tras el de el, y el ascenso ocasionó alguna extrañeza entre los aventureros mucho más ambiciosos. El tiempo no era muy saludable en esas latitudes. No llovía —era la temporada seca del año—, pero siempre y en todo momento había humedad en los sitios en los que los árboles generaban sombra. Había mucha humedad. Se sentía siempre y en todo momento el aire mojado. El capitán Ursúa en ocasiones creía que su compañía fracasaría antes de comenzar verdaderamente. Había tomado dinero de todo el planeta y como pasaban los meses sin que la expedición saliese, llegaron a amenazarle en Lima con denominar un contador que asistiera al campamento y revisara las cuentas. Esto le amedrentó y le logró apresurar los trámites. Al atardecer, Ursúa disfrutaba del fresco en un solanario descubierto acompañado de sus galantes memorias de Trujillo y veía en ocasiones que en el fondo del paisaje ahora obscuro quedaba la cresta de una zona montañosa y en ella un prominente pico bañado todavía de sol, dorado y lumínico. Aquel pico, encendido sobre la prematura noche del valle, le hacía meditar en Inés de Atienza, que todavía se encontraba en Trujillo, pero que próximamente iría a Santa Cruz asimismo. El color del último sol en las altas rocas era exactamente el mismo de la piel de la señora Inés. En ocasiones pasaba bajo el solanar el soldado Pedrarias, hombre de buena presencia y mejor parola. Ursua recordaba que aquel hombre era de los pocos que en Lima se habían audaz a decir, en una asamblea de nobles donde había 2 cuidados, que no creía en Dios. Ursua creía ciertos días. Otros, no. Había días en los que el aire destellaba como las aristas del diamante y eran días secos. La temporada de lluvias no había comenzado. Ursúa halló ese día a Pedrarias y al verlo en mangas de camisa y desplegado, le ha dicho: —¿Qué, no soporta bien vuestra merced el calor? —Oh —ha dicho Pedrarias—, vuestra señoría sabe que el calor es una tortura vieja en estas tierras. Ursúa deseó tantear la opinión de Pedrarias, a quien consideraba hombre de ningún claro: —Sois —le ha dicho— entre los pocos hombres de historia limpia que aún no me han aconsejado que eche a gente del campamento. —¿Qué gente? —Gente de vivir mal, dicen. Ursua no deseaba decir nombres. La mejor virtud de cabeza es la impersonalidad. Y Pedrarias se daba cuenta y respondía: —Me figuro quiénes son, pero estos tienen la posibilidad de ser los más destacados soldados, pues son los que tienen mucho más necesidad de llevar a cabo olvidar su bellaquería. En ese instante pasó el señor Martín de Guzmán, que intervino: —Son casos agobiados estos soldados. Dios desee que no sean un mal contagioso en la armada. Mudando de tema, Ursúa comenzó a caminar con Guzmán y le ha dicho: —Debo salir próximamente, por el hecho de que este campamento es una hucha sin fondo. Guzmán volvió a recomendarle que hiciese una limpieza en el campo. Le respondió Ursúa: —Si fuésemos a realizar una investigación intensamente en las vidas de toda la multitud, desde lo mucho más prominente al mucho más bajo, absolutamente nadie resistiría la prueba. Y de ahí que creo como en Pedrarias que hay que ofrecer a los peores una ocasión para emparejarse con los buenos. Su merced va a ver de qué manera da resultado. —No, yo no lo voy a ver, Ursua. Debo regresar a Lima. Confiaba bastante a Ursúa y no era su seguridad en la rehabilitación del resto, sino más bien en su insensibilidad para los lados incómodos de las cosas. Él sabía hacerse un planeta aparte en medio del resto y encerrarse consigo y en el momento en que va a llegar doña Inés aquel aislamiento sería enserio gustoso. A lo largo de los últimos meses, Ursúa, enamorado de Inés, había puesto el interés que era con la capacidad de sentir por toda la raza humana. Por tal razón, fuera de Inés, todo lo demás le parecía indiferente y lejano. Ese sentimiento, en una cabeza, podía ser arriesgado. Ese día se fue Martín de Guzmán, terminada ahora la organización de la intendencia, con depósitos en Santa Cruz y en la ribera del río Huallaga. Los preparativos de la compañía eran tan complicados que habían pasado ocho meses desde los primeros proclames y todavía no sabía cuándo saldrían. La demora no se debía a los bergantinos, por el hecho de que ese trabajo iba muy adelantado y podría ser precipitado y terminado en pocos días si era preciso, pero Ursua se encontraba bastante sin dinero. Se sabía que había debido asistir a las arcas del Tesoro, parsimoniosas con las que emprendían conquistas, y al bolsillo mismo del virrey, que le prestó ciertas proporciones. Pero todavía faltaban víveres, herramientas y armas. Por otro lado, Ursúa precisaba reportes mucho más específicos sobre el Dorado. Los indios motilones llevaron a otros indios llamados brasileiros, que charlaban en Ursúa de pueblos construidos con lápidas de plata y del enorme lago donde se bañaba cada día el rey de aquel país para ser después ungido y su piel cubierta de láminas o polvo de oro. Era servido aquel rey por esclavos vestidos por igual. Pero de lo que absolutamente nadie charlaba era del rincón exacto donde el Dorado —de esta manera llamaban a aquel príncipe— reinaba. Unos afirmaban una provincia y otros una. Aparentemente caía cerca de las riberas del río Amazonas, a seis o siete grados de latitud sur, prácticamente en la línea equinoccial.

Deja un comentario