la aventura de recobrar una vida plena y salvaje libro

Por suerte todavía está melisa en su estado silvestre en zonas húmedas y sombreadas.

Se recoge la toda planta (hojas y tallos) en primavera, antes de la floración.

El enorme libro de la naturaleza

Galileo Galilei era partidario de buscar la sabiduría alén de las estanterías de las bibliotecas, entregándose a la contemplación directa del «libro de la naturaleza». En uno de sus ensayos, recogido por Italo Calvino en Por qué razón leer los tradicionales (Siruela, 2009), advierte de los peligros de intentar entender el desempeño de la vida de forma exclusiva mediante fuentes indirectas: «Los que todavía me contrarían son ciertos defensores severos de todas y cada una de las menudencias peripatéticas» que se niegan a alzar los ojos de las páginas de los libros de filosofía, «tal y como si el enorme libro de todo el mundo no podría haber sido escrito por la naturaleza a fin de que lo lean otra gente aparte de Aristóteles». Esta intención de ir alén de lo que entendemos es la que semejan tener el día de hoy científicos heterodoxos como Rupert Sheldrake, que en el ensayo El renacimiento de la naturaleza (Paidós, 2017), ofrece una visión holística de todo el mundo natural, que combina el saber biológico con ideas que proceden de la mitología, la historia y la psicología.

Antes de Galileo, otros pensadores y ensayistas, desde los pensadores medievales a Michel de Montaigne, pasando por los contemporáneos del célebre astrónomo toscano como Francis Bacon o Tommaso Campanella, habían recurrido a exactamente la misma metáfora del libro en sus escritos. Ciertos pensaban, siguiendo el modelo pitagórico, que la naturaleza se encontraba preparada según la precisión del número y la geometría. La naturaleza y las leyes de la matemática estaban armonizadas, para ellos, de manera afín a la razón y la fe según la tradición escolástica. Pero la ciencia transformó a los hombres en una suerte de «nuevos dioses» y los distanció poco a poco más de la auténtica entendimiento de todo el mundo natural. El pujante ámbito de la urbe dejó gozar de comodidades y bienestares antes extraños, pero asimismo impuso un trasiego humano, de forma frecuente perturbador y alienante, caracterizado con magistral hondura al efervescente «novela-localidad» de Honoré de Balzac y sus continuadores, hasta llegar a James Joyce o Tom Wolfe. El frenesí de la vida urbana próximamente supuso alguna melancolia campestre, que solo los mucho más privilegiados podían agradar a lo largo del recreo veraniego o el objetivo de semana. Pero como bien advirtió Henry David Thoreau –el auténtico «padre» del regreso a la vida natural–, existe, en todo ese trasiego del campo en la localidad y al reves, una callada desesperación que refleja una desunión inhibida con lo presuntamente civilizado.

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